La historia de la universidad tiene muchos antecedentes en la creación de nuevas cátedras que dicten asignaturas ya existentes en los planes de estudio. En realidad, la propia noción de cátedra paralela expresa en su denominación corriente, por una parte, una disconformidad con la actualidad de las propuestas; por la otra, la posibilidad de que existan variantes epistemológicas, teóricas, ideológicas, metodológicas e incluso pedagógicas. Además el concepto de paralelismo, ya desde la geometría más elemental, significa que “las paralelas no se tocan”.
Ahora bien, también es cierto que las cátedras paralelas suelen aparecer, perdiendo algo de su sentido original, cuando integrantes de una misma cátedra llegan a la conclusión de que deben separarse, al mismo tiempo en que muchos de sus docentes se transforman en bienes gananciales que van para un lado y para el otro. Incluso, como a veces ocurre con los hijos, algunos se enteran a último momento de que “te vas a vivir con mamá o con papá”. La incompatibilidad de caracteres, que reconoce el código civil para los matrimonios, suele esgrimirse cuando algunos docentes van a las direcciones de la carrera a decir que “este clima no se tolera más”. Entonces se forma otra cátedra, que de paralela tiene poco, pero que, por lo menos, trata de superar un clima laboral perjudicial para todos, especialmente para los alumnos.
Sin embargo, la actualidad de la carrera de ciencias de la comunicación estaría por entregar un aporte a la historia de las llamadas cátedras “paralelas”: la apertura de sucursales o franquicias académicas que no se basan en ninguna propuesta alternativa teórica, epistemológica, ideológica, metodológica o pedagógica; se trata simplemente del viejo truco del “des-do-bla-mien-to”, un tema que bien podría tratar la psicología.
Por lo menos hace más de veinte años, cuando el CBC de la UBA tenía las cátedras más grandes del mundo, los desdoblamientos se debían a rupturas por aspectos trascendentes: cuestiones gremiales, mayor personalización de la enseñanza, mejor coordinación académica y en varios casos ocurría en el contexto de asignaturas que ya tenían varias cátedras.
Ahora se estaría hablando de “oxigenar” la carrera, permitir que otros docentes generen sus propios proyectos pedagógicos, todo sin la menor consulta democrática que establezca parámetros y criterios para una diversificación racional de la currícula, más aun en tiempos en que la reforma del plan de estudios aparece todavía lejana.
La mejor tradición de cátedra paralela en la universidad pública se nutrió del reclamo organizado de estudiantes y docentes por alternativizar posiciones consolidadas que obturaban el acceso a nuevas y diferentes perspectivas. Las cátedras paralelas “se ganan” (con movilizaciones, petitorios, argumentos, proyectos, y a veces, pero en principio no necesariamente , concursos). Las cátedras falsamente paralelas no deben ser solo el fruto de correlaciones de fuerza circunstanciales para aligerar el peso de asignaturas superpobladas o conflictos personales sobredimensionados con la misma finalidad.
Por todo esto, una gestión que se retira con un promedio que la acerca al fantasma del descenso se debería abstener de tomar este tipo de resoluciones. También, por lo mismo, una gestión, que está por hacerse cargo de la carrera, debería meditar mejor apoyar o profundizar estos procedimientos que están lejos de ser el mejor de los comienzos.
Finalmente, y por si esto fuera poco, tenemos un posible desdoblamiento “estrella” en una cátedra que durante veinticinco años tuvo el monopolio de una asignatura y que, oficiosamente, sería el más resonante caso de estas separaciones cordiales. El hecho de que se trate de la cátedra ejercida durante todos estos años por el futuro decano invita a reflexionar más serenamente acerca de cómo se va a “gestionar” la Facultad a partir de abril.
PDU (Por la democratización universitaria)
Agrupación de docentes y graduados de Comunicación
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